lunes, 5 de octubre de 2015

4. Hey Mr. Policeman

Me he pasado el finde obsesionado con la china. Cuando mi mujer me decía que había que hacer compra, yo murmuraba de ir al Carrefour, aunque fuera para comprar dos barras de pan y un paquete de toallitas de culo. Todo con tal de no acercarme a 100 metros de la tienda de la antaño adorable china acariciadora de manos.

Y total ¿por qué? ¿Porque no he vuelto a ver a su marido desde hace días, y porque el suelo de su trastienda está manchado con un extraño líquido carmesí? Piensa, tío, podría ser perfectamente una botella de Sunny Delight sabor maracuyá con frutos del bosque o una mierda de esas que beben los niños. O tomate frito. Ella se había encogido de hombros y había sonreído como diciendo "bah, mi tienda es un asco, ya la limpiará mi marido cuando vuelva".

Cuando vuelva de la muerte, querrás decir, china criminal.

Ya estamos otra vez... Hay miles de explicaciones para ello, pero ya me conocéis: mi imaginación me lleva a sacar conclusiones de los hechos más disparatados e inconexos. Como aquel otro flipado ¿cómo se llamaba? No se qué Holmes, no caigo ahora mismo.

Total, que he estado todo el finde buscando en internet consejos sobre "cómo denunciar a una china asesina". Pero Google insistía en llevarme a páginas de forocoches con temas de lo más variados, o bien, cuando insistía en la palabra "denuncia" y "asesina", a la web de denuncias online de la Policía Nacional. Pero mira, que ni siquiera ahí era capaz de decidirme. Lo primero por volver a sentir que todo era una idiotez, y lo segundo, porque sabía perfectamente que si una patrulla de policía se deja caer por la tienda china y (por supuesto) no encuentra nada de nada, la china SABRÁ, porque lo SABRÁ, que fui yo el que "se fue de la muy", y una noche que salga a correr por el parque acabaré con una estrella de pinchos de kung-fu clavada en mi nuca. Un kindjal, o como se llame esa mierda de pinchos.

Hablando de correr, ayer estuve en una carrera que se celebró en Madrid con mis compañeros de trabajo, y lo pasé muy bien. Como ocurre en estos eventos, había agentes de policía allí haciendo demostraciones de perros policía, coches de policía, motos de policía y cosas de policía para disfrute de los niños. Pasando por allí se me ocurrió, así como de colegueo, acercarme a uno de los agentes que enseñaba a los peques a hacer sonar las sirenas, y decirle así confidencialmente:

"Bonita moto. Y dígame, una duda para un amigo, si has sido testigo de un crimen, qué conviene más: ¿callarse y dejar que surja la verdad con el tiempo, o decirlo y que nadie te crea?"

Pensé varias versiones de la pregunta, mientras merodeaba cada vez más nervioso, con mi niño de la mano, cerca de las motos y los dóbermans de los agentes. Uno de ellos comenzó a mirarme raro al cabo de varios minutos. Su perro, también. Decidí entonces que estaba resultando muy sospechoso, demasiado, y tomé el toro por los cuernos. Una decisión había que tomar. Así que di dos pasos firmes hacia el agente y le solté sin pensarlo más:

-¡Bonita moto!

Cuando yo me pongo, me pongo.

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