miércoles, 11 de noviembre de 2015

6. Todo va bien, en serio

Hay quien me ha preguntado en diversos medios, a raíz de leer mis cosillas en este blog, si existe algún problema en la relación entre mi mujer y yo. No veo por qué habría de haberlo, les contesto siempre. Nuestra familia es feliz y bien avenida, con dos niños que crecen felices e inteligentes, y ella me tiene feliz e ilusionado como un adolescente. Es cierto que a veces tiene un carácter algo cortante, como corresponde a sus orígenes del Norte.

-Mira, como estás cansada del trabajo, te he frito un huevo para cenar. La pena es que se ha roto la yema, pero...
-Esta mierda te la comes tú, y a mí me fríes otro bien hecho.

Su humor es a veces difícil de entender por el observador extraño a nuestra unidad familiar. Quizás sea debido a su afición a jugar al mus después del trabajo en tugurios de barrios marginales, rodeada de hombres fornidos que fuman mucho y gritan "envido, cagonlapús"; es normal que su sentido de la etiqueta se vea, inevitablemente, influenciado.

-Este melón está asqueroso y sabe a patata. ¿A que no te importa comértelo tú mientras yo me como estas uvas tan ricas? Si tú no tienes paladar, total.

Pero debajo de esas frases tan aparentemente toscas, su amor hacia mí es inquebrantable y me apoya al máximo.

-Acabo de leer tu borrador de la novela de Hitler(*) del año pasado (sí, no me mires así, he tardado un año, qué pasa); estás como una maldita cabra.

Nada de esto tiene que ver, por tanto, con mis sentimientos encontrados acerca de la china de manos suaves como la seda y mirada dulce e intensa a la vez, y carácter hogareño y al tiempo peligroso y exóticamente desconocido y letal. En realidad no es sólo ella, yo no evito el contacto físico con otras personas, es decir, si alguien por la calle me roza al pasar, no me aparto con asco como si tuviera el Ébola. Es normal rozarse en una ciudad de cuatro millones de habitantes. Esto, claro, puede llevar a confusión acerca de mis intenciones. Como una vez comenté con un compañero de trabajo,

-Pues si una chica - le expliqué-, digamos en el metro, se agarra a la barra para no caerse y roza mi mano al hacerlo, yo no me aparto, ¿por qué iba a hacerlo? Es sólo su mano.
-Ah, entonces tú eres de ésos -aulló en medio de la oficina- que disfruta sobando a las mujeres en el metro ¿¡verdad!?

(Ninguna de mis compañeras de trabajo ha querido montar en metro conmigo desde entonces)

El caso es que, por algún motivo, sigo pensando en la china. Aunque esté convencido de que es una jefa de una organización criminal china que tiene a sueldo a asesinos trabajando en tiendas de alimentación como tapadera, y que usan códigos secretos entre ellos, (esta es mi hipótesis de trabajo actual) no puedo evitar seguir pensando en sus manos. Sus dedos suaves como una mañana de primavera el día de la floración del almendro.

Estoy pensando en volver a su tienda y afrontar las consecuencias. Comprar un paquete de leche y... que pase lo que tenga que pasar.

Es que echo de menos sus manos.
No sé si lo he dicho ya.

(*) sí, ya sabéis que he escrito una novela sobre Hitler. ¡Es super divertida!

1 comentario:

  1. el impronunciable encanto del peligro. Manos que matan, manos que atraen

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